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UNA TARDE EN EL TUGURIO

  • 3 sept 2017
  • 5 min de lectura

Con las piernas que pesan y apuran el paso para llegar antes de que las agujas marquen el horario acordado, cruzo por la calle Monroe dando brincos por sobre las barras blancas del asfalto. El semáforo en rojo espolvorea las nucas que segundos antes eran amarillas. La vereda está atestada de presurosos agolpados frente a un local que ofrece sus productos en liquidación por cierre. Entre el caceroleo con fragancia europea y quejumbrosas tardes de café, se encuentra la pequeña trinchera de conciliábulo y arbolito ranquel. Atravieso el sudor de los vecinos para encontrarme con la esquina entrañable. Arcos es un sinfín de retazos anaranjados licuados por el sol poniente. Los colores de la vivienda son de pampa y alameda y se entremezclan con el barro seco y con un puño en alto. Repaso en la fachada de brocha ancha y recorro el abrazo de ojos cerrados que se desprende del flamear de pequeños cuadrados liberados y en el ordeñe de un cabrito manso que invita a la contemplación del caminante. A un costado de la puerta se eleva una guitarra de cajita honda que rasga y canta con el soplido de un quenacho bajo la mirada atenta del cóndor andino. Sobre el hilo de una enredadera una mujer de vientre abultado anuncia que bajo su seno, una puerta de historias espera abrirse ansiosa por su costumbre cotidiana.

En una chapa pequeña, clavada sobre la madera de la entrada, se lee el nombre que algún día le dio un escritor de novelas de ruta y amante de la pelota futbolera. Miro el reloj y el segundero se agita vibrante. Ya saboreo el perfume de libro viejo y una tarde de parloteo. Le doy a la madera con el puño cerrado y como si alguien me estuviese espiando, me abren y ya escucho su voz ronca como si viniese de un pasadizo infinito.

Pasillo angosto, estantes colmados que estrechan el cuerpo y una palmadita en el hombro que me despierta de un pensamiento repentino. Mis ojos se acostumbran a lo oscuro y le doy al caminar entrecortado que me lleva frente al contador de vida, al que visibilizó la sangre del olvidado y que recorrió la tierra desterrada. Me estrecha su mano fraterna con la calidez de la tarde y me señala la silla que tiene enfrente para que lo acompañe. Una botella de vino descansa sobre una mesa redonda. Con la mirada curvada sobre unas hojas escritas a máquina, me recita unos versos que envió a su familia cuando se ocultaba de los cascos de verde musgo que lo buscaban en toda esquina. Apunto el micrófono, y con los auriculares puestos, le pido que repita. Alza la cabeza y vuelve a esconderla entre los papeles. Su voz se amplifica en mis oídos que son espectadores de una película no filmada.

La información sobre el sospechoso era de suma importancia y se despapelaban hasta las paredes para encontrar atisbos de subversión. Sus cabellos blancos revolotean con el viento que se abalanza desde el techo abierto, y su voz áspera de recitar, me lleva a recorrer su mundo del camufle como rutina. Tomo nota de sus palabras y entre toma y retoma soy un confidente de su pasado atareado, de sus viajes en barcos transatlánticos, de muertes, desapariciones y miedo. El miedo como estandarte, como compañero de vida, como delator y abrigo.

El miedo, su miedo, y el de tantos otros fue la garganta que se tragó la historia de los que buscan el pan sin bajar los brazos, sin hundir el pecho en la labor que se mancha con mentira y persecución de la comodidad ajena.

Las palabras que lee con los ojos entornados y la cadencia precisa son su vida. Al rato su voz nonagenaria se cansa y repasa en sus paredes. Libros y más libros, pinturas, premios, fotografías, esculturas. “Son todos regalos”, me dice. Acompaño a sus ojos en el recorrido y el latido de esa casa que es su tiempo, se funde con su cuerpo de viejo, con su cuerpo de niño.

Me ofrece de su vino y deja entrever una sonrisa infantil mientras me llena una copita de vidrio esmerilado. Tocando el aire con sus dedos cierra los ojos y mueve la cabeza como si estuviese pensando en alguna canción. Prende una lámpara que en la base tiene su nombre tallado y su sombra salta hacia el otro lado de la ventana. Yo lo miro como escrutándolo y en sus huecos negruzcos y en sus pequeñas manchas amarronadas, veo las huellas de sus años jóvenes: al Paco entre la polvareda de los estantes, a Soriano con sus calzones holgados poniéndole nombre al ranchito, a Rodolfo que investiga un reciente asesinato y a Haroldo, al gran Haroldo, pensador del río y sus aromas, de la deriva y la espesura de los humedales. Los veo reunidos con sus cigarrillos encendidos y el humo que los envuelve y los borronea bajo la lámpara que permanece encendida.

Me pregunto si entre estas paredes que desbordan vida, perdurarán aún los ejemplares clandestinos de aquella chispa de Esquel que denunciaba la ira y destrucción de los dueños del pueblo; aquellas palabras para la peonada de hoz y azada, de cosechas y espaldas de sol.

En los pueblos que recorrieron sangre y lancerío, unos pocos escuchan las voces de los que en fértil tierra se convirtieron. Como un viejo roble del camino se mantiene erguido con el viento en contra. La savia que lo recorre ilumina con chasquidos la oscuridad lacerante, inmensa.

Los relatos de árbol añejo nacen desde sus entrañas. Recita enfático y embriagado los escritos, que quizás, algún día cercano, devengan en documento necesario. Su voz desaparece tras algunos párrafos y se hidrata para seguir con la tarea.

La música de las vidas rescatadas del olvido, revisten las paredes manchadas como su rostro. Nos entregamos a un silencio pasajero y nuestras miradas se agolpan en un rayo de luz que quedó perdido en un rincón. Ya las agujas corrieron lo suficiente como para que descanse y me despida de la guarida de historias y de su voz que aún es multitud inabarcable en estos cimientos aún encendidos. Guardo el micrófono y auriculares que serán el revivir de lo que algún día, quizás, serán testigo en la pantalla grande de los pueblos.

El Tugurio es un rebosante armario de la historia. Escribe los días del silencio y del grito acallado. Huele a papel y viento.

¿Zarpará aquel que carga con la memoria del tiempo? ¿Se borrarán algún día las voces de los apagados? ¿O flamearán aún en el recuerdo?

Luego de un apretón sentido de un montoncito de huesos que me retienen, le digo “hasta siempre” a aquella entereza que duerme entre libros, y me veo arrastrado hacia la calle que me recibe con el telón de la noche que me acaricia los pies que descansaron eternos en la memoria del Tugurio de Belgrano.

 
 
 

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